Creative Commons License Este blog está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves, 29 de mayo de 2008

ADICTOS AL DRAMA

Existen en el mundo diversos tipos de adicciones. Hay adicción al alcohol, al cigarro, al sexo, y a cosas tan comunes como las películas, los dibujos animados, el Internet o la comida. De hecho, hoy en día casi cualquier cosa puede causar adicción; sin embargo, la mayoría de éstas son ocasionadas por agentes externos o sustancias que de alguna manera consume el organismo.

Entre los ires y venires de la vida y del destino, pasamos por diversas situaciones, a menudo repetitivas, que nos tienen en un estado de constante tensión. Quizás nos preguntemos el motivo por el cual las personas que nos rodean son injustas con nosotros, o tal vez nos intrigue el hecho de que nuestras relaciones estén siempre marcadas por una tendencia a lo problemático y condenadas al fracaso. Todas estas cuestiones tienen una respuesta que puede ser tan simple como desconocida a la vez: la adicción al drama.
A diferencia de todas las demás, la adicción al drama se caracteriza por el hecho de que el estímulo que se necesita no lo consume, sino que lo produce el mismo organismo y suele desarrollarse en mayor intensidad durante las relaciones de pareja; aunque no por ello se excluye el ámbito familiar, de amistad, laboral o cualquier relación interpersonal en sí.
Cuando un adicto de este tipo se encuentra inmerso en un noviazgo o matrimonio, por lo general se convierte en una relación bastante difícil, pues las discusiones sin sentido están a la orden del día; lo cual provoca en su pareja un estado de constante alerta, jugando siempre a la defensiva.
En muchos casos, aun cuando la relación se está terminando por uno u otro motivo, el adicto al drama busca por todos los medios retener a la pareja, pues se niega a quedarse solo en aquel vacío atemorizante sin alguien que le provoque las emociones que ahora siente. Lo que realmente busca es que su cerebro siga produciendo esa sustancia que haga fluir toda esa adrenalina; de manera que hará hasta lo imposible por no romper la relación, llegando incluso a niveles tan bajos como el chantaje, las amenazas o la agresión a sí mismo o a su pareja; provocando con esto que la tensión vaya en aumento.

Los adictos al drama tienden a victimizarse, a empezar discusiones de la nada; y aunque su pareja busque por todos los medios mostrar conductas que no lo alteren, sus esfuerzos serán completamente en vano pues lo que el otro quiere es precisamente lo contrario, de manera que siempre buscará (y seguramente encontrará, o fabricará) un motivo para alterarse.

Cuando por fin se da por terminada una relación, el adicto entonces puede reaccionar de dos maneras: la primera de ellas, y la más común, es buscarse otra pareja que logre satisfacer su necesidad de "sobresalto", para después sentirse un tanto mártir y decir, quizás, que no tiene suerte en el amor o que todas sus parejas han sido seres perversos sin sentimientos ni compasión por su persona. Se compromete nuevamente y la historia vuelve a comenzar.
La segunda reacción que puede tener después de una ruptura es el acoso; lo cual es bastante más peligroso por los problemas que implica. El adicto empieza a buscar a su ex, le llama de día o de noche, lo visita en su casa o en su trabajo, le manda cartas, correos o mensajes, va a los sitios que sabe que frecuenta, etc. Todo esto con el fin de darle a su vida la "motivación" que necesita y no sentir el vacío. Añora aquella exaltación y las alteraciones que le provocaba esa relación y por lo tanto se propondrá reanudarla a como dé lugar.

Los adictos al drama suelen confundir el amor con la necesidad imperiosa de sentir ciertas emociones. Su objetivo por lo general es encontrar un detonador que haga fluir esa sustancia intoxicante, y éste lo puede hallar ya sea en su pareja, en sus padres, hermanos, hijos, amigos, etc., y el anhelo implícito de sentirse víctima lo hará preguntarse por qué se rodea siempre de personas que él considera "problemáticas"; o tal vez gritará a los cuatro vientos que todo el mundo está en su contra y no dejará de recordarle al otro lo incomprendido y miserable que lo hace sentir; cuando en realidad es todo lo contrario: le está satisfaciendo una necesidad, aunque ni él mismo se dé cuenta de ello.

El drama coexiste con todos y cada uno de nosotros de manera cotidiana: en nuestras familias, en los programas de televisión, en los libros y hasta en nuestras canciones y música favoritas. No suele ser un gran problema, mientras lo sepamos manejar y controlar; lo peligroso empieza cuando, sin darnos cuenta, estas sensaciones se van apoderando de nuestra voluntad hasta el punto de fundamentar la vida, acciones y actividades en la satisfacción de la alteración constante de las emociones.

Ante todo esto, quizás deberemos reflexionar un poco y pensarlo un par de veces la próxima vez que deseemos iniciar discusiones de la nada o quejarnos continua y amargamente de la gente que nos rodea o de la vida que llevamos. No sea que se nos pueda convertir en una de las peores y más mordaces y desgastantes adicciones: la adicción al drama.

No hay comentarios.: