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miércoles, 23 de abril de 2008

LIBERTAD PARADÓJICA

Cuando somos niños deseamos con todo el corazón llegar a ser mayores. Los niños se ponen los zapatos del papá, las niñas se maquillan como la mamá, y de cuando en cuando el comentario a manera de lamento se hacía presente "¡cómo quisiera ser grande, para hacer lo que yo quiera!".
Y es que de pequeños, el mundo nos parece tan enorme... tan vasto e infinito, que soñamos con explorarlo, conquistarlo y construir el propio. Pensamos que la etapa infantil está llena de restricciones y prohibiciones, y que en cuanto alcancemos nuestra mayoría de edad seremos "libres" y podremos hacer lo que nos plazca sin nadie que esté siempre detrás reclamando nuestra desobediencia o diciéndonos lo que debemos hacer.
Y a medida que vamos creciendo, nos vamos dando cuenta también de que no es tan fácil empezar a tomar el control de nuestra vida. Empezamos a darnos cuenta de la realidad que nos rodea, de lo difícil que es salir adelante, trabajar, alcanzar metas, construir sueños.
Así, llegamos a la madurez solo para constatar lo paradójico de la situación: la etapa llena de prohibiciones no es la niñez.

Los niños lloran si se lastiman, si algo les duele o si tienen miedo; y al llorar, desahogan su pena al mismo tiempo que logran que su papá o mamá o tutor corra a buscar la fuente de dicho malestar para aniquilarla y salvar así ese momento de angustia. A los adultos se nos está prohibido (salvo en casos extremos) demostrar diversos sentimientos. Existen reglas y normas no escritas pero sí implícitas que nos impiden llorar por miedo o por dolor; aunque dichos sentimientos sean igualmente intensos (o más) que cuando éramos niños. Nadie suele venir en nuestro auxilio durante momentos de angustia. Si nos enfermamos, nos curamos solos. Si tenemos miedo, nos lo aguantamos y seguimos adelante.
De pequeños, no tenemos que preocuparnos por revisar si hay monstruos o fantasmas en el closet, o debajo de la cama; ése es trabajo de mamá o papá. Los adultos dormimos con nuestros propios fantasmas y demonios acompañando nuestro sueño, y si esto nos perturba, simplemente no dormimos; pues ni el poderoso Morfeo se atrevería a desafiarlos.

Nos cansamos de escuchar a nuestros padres decirnos cosas como: "Ya lo pagarás cuando tengas tus hijos"...cada vez que hacíamos alguna travesura o nos portábamos verdaderamente mal; y ante tal comentario no hacíamos más que suspirar y encogernos de hombros.
Pero cuando descubrimos a nuestro hijo completamente concentrado, haciendo rayones con un lápiz de color, decorando las paredes de la casa, sintiéndose un Dalí; en seguida vuelven a nuestra mente aquellas sabias palabras que ahora más parecen una profecía cumplida; y cuando nos sentamos al lado de la cama de nuestros pequeños; velando por ellos, preocupados por alguna enfermedad que los aqueja, con aquella desesperación y frustración de no tener el poder de sanarlos con un toque o con una varita mágica, es entonces cuando, en el silencio de la noche, entre el cansancio del día y la tensión que nos provoca, no hacemos mas que recordar lo bien que se sentía ser niño....ser "libre"....Entonces deseamos ver a nuestro hijo nuevamente como un remolino, aunque a veces sea un dolor de cabeza. Y le prometemos en silencio, quizás conteniendo una lágrima, que si hace un esfuerzo y se mejora, le compraremos diez cajas de colores y le daremos una pared completa para que realice sus "obras de arte" como mejor le parezca.

De todo esto podemos deducir entonces que a menor edad, mayor libertad de reír, de llorar, de demostrar lo que sentimos, de temer, de soñar...
Hay una frase muy conocida que dice: "cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir"...En este caso yo quizás la cambiaría por: "cuidado con lo que deseas, porque cuando se te cumpla, tal vez no te gustará".

Mientras crecemos, puede ser que vayamos perdiendo y dejando muchas cosas en el camino; pero también vamos agregando experiencias y nuevas vivencias que más tarde podremos compartir con nuestros hijos; y así, en una de las tantas discusiones que tendremos con ellos les hagamos saber que algún día lo pagarán cuando tengan a sus hijos....Y después de decir esto, sabremos que cuando suceda, nos recordarán quizás con una sonrisa de resignación, como lo hacemos nosotros con nuestros progenitores.
Es cierto, cuando crecemos, perdemos libertad... pero ganamos un magnífico reencuentro con nuestros padres y nuestras raíces.

¿Valdrá la pena entonces crecer e ingresar a un mundo lleno de limitaciones?...Yo creo que, si gracias a eso podemos volcar todo nuestro amor en los pequeños Picassos, supermanes o luchadores que tenemos en casa; así como aprender a valorar, querer y respetar la dedicación de nuestros padres, definitivamente sí, vale la pena.

*Dedicado especialmente para mi Valeria...esperando que se mejore pronto!

domingo, 6 de abril de 2008

SINDROME DEL AMA DE CASA

Aunque parezca extraño, uno de los trabajos de más riesgo para la salud física y mental es el del ama de casa.
Muchísimas mujeres alrededor del mundo padecen una serie de trastornos y enfermedades "invisibles" que conllevan un importante riesgo para ellas y para quienes las rodean.
La depresión, los trastornos obsesivo-compulsivos, el dolor en las articulaciones, la ansiedad y muchas otras cosas más son causadas por una enfermedad común pero ignorada llamada "síndrome del ama de casa".
Este padecimiento lo viven día a día millones de mujeres, sin que puedan hacer algo al respecto.
Muchas veces hemos visto casinos repletos de señoras jugando, otras fumando sin parar en algún restaurante; y a menudo quizás nos hemos preguntado por qué será que los puestos de lotería de los mercados permanecen operando hasta altas horas de la noche. Comentarios como "viejas fodongas, que se vayan a su casa a atender al marido en lugar de estar jugando", o "Mira nada más, cuánta mujer viciosa" son bastante frecuentes en cualquiera que haya visto una situación similar.
Lo que jamás escucharemos es que se pregunten el por qué. No es tan simple como parece. Para criticar solemos ser muy raudos, pero jamás tomamos en cuenta el arduo trabajo que ellas realizan día con día. Un trabajo monótono, pesado, y por desgracia muy poco valorado y hasta desagradecido.
El lidiar día a día con los hijos, los problemas de la casa, el marido, las tareas de limpieza, no es muy motivador que digamos; no es lo mismo levantarse en las mañanas para salir a trabajar, a enfrentar nuevos retos, a conversar con personas adultas afines a nuestros intereses, que despertar solo para hacer exactamente lo mismo del día anterior: tomar la escoba, el trapeador, lavar trastes, etc. No hay retos como cuando se ejerce una profesión; no hay un equipo de trabajo, y mucho menos reconocimiento alguno. En casos extremos, llega a haber incluso violencia como respuesta a labor realizada durante el día.

Dentro de los padecimientos que se pueden dar en un ama de casa están también las adicciones; puesto que la frustración de sentirse un tanto prisionera en un trabajo tan demandante y rutinario suele buscar rutas alternativas de salida y muchas la canalizan a través del juego, del cigarro, del alcohol o de diversas manías como el exceso de limpieza, por ejemplo.
Enfermedades como hipertensión, fatiga crónica, disminución del apetito sexual, irritabilidad o cefaleas suelen ser causadas por este síndrome a consecuencia de el exceso de trabajo, la rutina y la falta de reconocimiento.
Por supuesto que si dicha situación no es detectada y atendida a tiempo, las consecuencias pueden ser aún mas drásticas; pues el deterioro de la convivencia familiar comenzará a hacerse presente, así como las crisis de pareja e incluso el suicidio.
¿Qué hacer ante una situación que existe, persiste, es más común de lo que quisiéramos, pero casi nadie sabe de ella?
Quizás empezar a ver a estas valientes mujeres como seres pensantes, fuertes, inteligentes y capaces. Tal vez retribuirles un poco de lo mucho que se esfuerzan; algún detalle, un gesto de agradecimiento o admiración hacia su trabajo no cuesta mucho, nunca está de más y puede ayudar bastante.

El hombre está acostumbrado a pensar que trabajar fuera de casa es mucho más pesado e importante; motivo por el cual siente que después de trabajar ocho horas, tiene todo el derecho a ser atendido por la esposa, ya que, después de todo, ella "se la pasó todo el día cómodamente en casa". Desafortunadamente muchos están educados bajo estos preceptos y por ello les es tan difícil aceptar que quizás su trabajo no sea tan desgastante como el de ella; y sin embargo a quien se lo remuneran es a él.
Es por eso que para poder comprender en su justa dimensión esta realidad que viven muchas mujeres, se vuelve necesario, y yo diría que hasta indispensable, el tener una mente abierta, objetiva y analítica; dejando de lado la eterna "guerra de sexos" así como el egocentrismo para mostrar un poco de empatía y entonces entender y compartir este problema con la pareja.
El tener siempre un canal de comunicación abierto para sus pensamientos o sentimientos; así como buscar tiempo libre para realizar alguna labor que sea de su agrado como leer, escribir, ejercitarse, bordar, estudiar, etc puede convertirse en un aliciente.
El hecho de sentirse comprendida, valorada, apoyada y amada, disminuye la frustración y la tensión; aumentando así la motivación y el entusiasmo para realizar las labores cotidianas.
Es importante tratar de romper la rutina de vez en cuando.

Seguro que a partir de que nos damos cuenta de los padecimientos que puede tener una persona por el "simple" hecho de ser ama de casa, lo pensaremos dos veces antes de hacer un comentario despectivo al pasar por una lotería.

Mantenernos informados y alertas no suele ser difícil. Y quizás lo paradójico, y a la vez lo mas sobresaliente es el hecho de que cuando estamos conscientes de que el síndrome del ama de casa existe y lo padecen muchas personas, entonces un abrazo, un beso, una rosa, un "gracias" o un "te quiero" podrían salvar miles de matrimonios, de familias, de mujeres.
Es curioso....yo creo que nadie jamás imaginó que fuera tan simple salvar una vida.