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martes, 12 de febrero de 2008

LA VIDA DENTRO DE UNA CAJA

Esta es una cajita de recuerdos. Aunque parezca pequeña, alberga las memorias de toda una vida. Hay cajas que son muy grandes, otras de tamaño regular. Hay algunas que parecen estar vacías, pero en realidad su contenido se encuentra en algún compartimento escondido y olvidado. Todos tenemos una de éstas; aunque algunos prefieran esconderla en lo más oscuro y recóndito...y otros quizás acuden a ella con frecuencia acariciando su interior con una buena dosis de melancolía y nostalgia. Muchos no pueden vivir sin ella, y otros no pueden vivir con ella.
Las cajas de recuerdos no se pueden desechar; aunque el contenido quizás con el tiempo se llegue a diluir. Es necesario acudir a ellas con frecuencia, a veces en busca de algún dato que nos pudiera ayudar en el presente, o simplemente para valorar lo que ahora nos rodea.
Para dicho proceso, es necesario recorrer toda una vida, y peregrinar por cada una de las etapas con las que hemos ido llenando la cajita.

La mía, por ejemplo, está llena de vivencias que atesoraré por siempre. Así comienzo mi camino en un apartado en donde guardo con cariño y alegría las vacaciones en familia, los recuerdos de una niñez encantadora, de las tardes de ensayo en el coro de niños, o de cuando miraba muy atenta la manera en la que mi hermana Rebeca ataba fuertemente la cuerda y una llanta al barandal de la terraza para hacer un columpio; mismo que no alcanzaba a comprender cómo soportaba el peso de los hermanos mayores y las inclemencias del tiempo, tomando en cuenta que había sido atado por una niña de aproximadamente 7 u 8 años.

Los recuerdos de la adolescencia son también muy variados; está por ejemplo la tarde aquella en la cual azotaba una tormenta, y dentro del salón de clase, mirábamos aterrados cómo se tambaleaba un inmenso árbol hacia nosotros, mientras escuchábamos los truenos ensordecedores; que lograban opacar los gritos de auxilio de las compañeras que se encontraban afuera. Todo esto contrastaba con el gesto siempre ecuánime e inexpresivo el profesor Guzmán, quien a pesar de la tempestad, no se inmutaba, continuando con su cátedra de siempre.
Por ese tiempo, está también presente, como si hubiera sido ayer, el día en el cual mi muy querida amiga Karina tuvo a bien intentar mostrarme algo que ocurría afuera del salón, y para tal efecto, se vio obligada a hacer uso de la "fuerza bruta" empujando mi cabeza hacia "afuera" (según ella); sin embargo atinóle exactamente en el momento en que mi frente se encontraba justo frente al barrote del marco de la ventana, propinándome un severo y estruendoso impacto. Recuerdo claramente que el maestro de ciencias naturales decidió que era imperativo que saliéramos del aula, puesto que Karina no podía contener su hilaridad, y el chipote de mi frente se hacía cada vez más notorio y prominente.

Continúo mi andar hurgando entre los recuerdos de la prepa; los cuales son bastantes y muy diversos también. Está por ejemplo el día en que nos salieron mal las cuentas (el profesor de mate al parecer no hacía muy bien su trabajo)y tuvimos que salir de un restaurant pasando por alto el pequeño detalle de pagar la cuenta. Y qué decir de nuestros compañeros superhéroes "Caguamán" y su fiel compañero "Medianita"; quienes hacían nuestra vida académica más alegre y llevadera.
Ya para el final de los días de preparatoria, guardé tambien algunos recuerdos de una época de amores y desengaños, aquellas tardes interminables en casa, sentados en el piso con mi amiga Gina, y Juan, con quien viví y compartí sentimientos, dolores, alegrías, y una que otra locura. Fue un período de descubrimientos; pues Juan pasó de ser el odioso insoportable a quien estaba acostumbrada a tratar, a convertirse en mi mejor amigo (hasta la fecha). En esa época era común salir con Gina, y cuando llegaba pidiéndome que la acompañara a devolver un libro a casa de una amiga que vivía "aquí bien cerquita", ya sabía yo que había que ponerse zapatos cómodos y armarse con botellas de agua y con bastante paciencia, porque la travesía seguramente sería larga y trabajosa.

Ya en la universidad, pues cómo olvidar las veces que nos juntábamos en casa a ver películas y comer sándwiches; reunines de las cuales yo siempre me enteraba al final, a pesar de ser la "anfitriona". Y ni hablar de cuando conseguía boletos para las obras de teatro en las que participaba mi hermana; entre Vero, Elsa, Chuy, Víctor, Richie, Janette, Carmen, los que escapan a mi memoria, y yo, llenábamos una o dos filas de butacas enteras. Quizás lo más sobresaliente de esos tiempos fueron las famosas pijamadas, o cuando nos juntábamos Elsa, Vero y yo para "estudiar" y terminábamos platicando tonterías, o tomándonos fotos igualmente estúpidas, pero que quedaron para la posteridad. Y ni cómo olvidar las sabias palabras de mi maestro de fotografía: "después del siete, todo es vanidad"...

Me detengo a descansar en el camino, observando el negocio que abrí hace algunos años; y no puedo evitar reír un poco mirando la rizada y sedosa cabellera de mi amigo y vecino de local, Israel, ondear al compás del viento que arroja el aire acondicionado del lugar. Y definitivamente no puedo pasar por alto el primer y hermoso alaciado que me hizo Marlene, o el debate entre los tres acerca de los jabones de mayor calidad: Rosa Venus o Jardines de California.
Y así, en este largo recorrido llego nuevamente al presente, pasando por una hermosa y emotiva boda; una corta pero sustanciosa temporada viviendo en el centro del país; una familia política que me acogió como nadie y a la que adoro como si fuera propia; dos embarazos difíciles y otras tantas cosas más.

Hoy me encuentro nuevamente reacomodando mi cajita de recuerdos. Cada cierto tiempo hay que organizarla, y sacar lo que ya no sirva como el jardinero que corta toda mala hierba de raíz.
Hoy regreso del lugar donde guardo mis tesoros mas valiosos, y me encuentro nuevamente en mi casa, con una familia que es la luz de mi vida; y sabiendo que puedo contar aún con los protagonistas de tantos y tantos recuerdos: mis amigos...a algunos ya casi no los veo, pero sé que andan por ahí. Con otros, nos escribimos correos de vez en cuando, o nos mandamos cadenitas o mensajitos cursis en Power Point; los cuales jamás suelen ser tan importantes como el hecho de que el remitente se acordara de compartirlo con nosotros. A veces, nos hablamos por teléfono cuando tenemos dudas, necesitamos consejo o simplemente tenemos ganas de platicar y reírnos un rato.

Tal vez con el tiempo hemos cambiado en algo o en mucho. Lo que definitivamente jamás cambia son las vivencias. Los momentos que compartimos en una época y la confianza que nos tenemos.
Tampoco cambia el hecho de seguirnos sintiendo amigos, a pesar de los años.
Cierro mi cajita de recuerdos, como siempre, sin candado, para dejar entrar (y casi nunca salir) las experiencias que se vayan acumulando. La guardo en el lugar de siempre, a la vista y muy cerca del alma para cuando sienta la necesidad de abrirla nuevamente; y regreso a mis actividades cotidianas, con una sonrisa y una cierta expresión de dulce melancolía en el rostro.

Finalmente, habiendo compartido con mis amigos esta jornada de recuerdos, Agradezco a Dios por seguirlos conservando; silenciosamente, quizás, derramo una lágrima por los que ya no están, y les deseo a todos y cada uno el mejor día de San Valentín de sus vidas; esperando pronto poder verlos y haciendo votos para que esta fecha especial esté llena de lindas cosas que puedan guardar y atesorar en sus respectivas cajas de recuerdos.

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