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viernes, 13 de julio de 2007

ENEMIGO A LA VISTA

La vida suele ponernos muchas pruebas; bastantes de ellas son referentes a la salud.

Las enfermedades son, quizás, el enemigo más fuerte y rapaz del ser humano, y no solo por el desgaste físico que provocan, sino por el deterioro emocional y los estragos que dejan en el alma.
Cuando la falta de salud se hace presente siempre deja secuelas, al portador, y a quienes lo rodean.

Las enfermedades, como todas las desgracias, nunca llegan solas. Se convierten en una serie de catástrofes hiladas que van minando la existencia poco a poco. Suelen acompañarse de tristeza, fatiga, desesperación y falta de ánimo.

Una vez, alguien muy especial en mi vida me dijo: "Lo importante no es que llegue la enfermedad, sino que te encuentre de pie y teniendo con qué hacerle frente".

Sin duda, esto es lo que realmente importa; el tener los recursos, ecónomicos, sí, pero sobre todo la fortaleza, la paciencia y el "aguante" para enfrentar este tipo de situaciones.


Y es que ya se vuelve una lucha de recursos. No es fácil sentirse mal y menos aún si es durante un tiempo prolongado; de manera que echamos mano de los recursos que tenemos y las armas para enfrentar el momento: médicos van y vienen, terminar un tratamiento para empezar otro, farmacias aquí y allá...hasta que llega un momento en el cual nos sentimos tan hastiados que ya no nos interesa más que tumbarnos en la cama y quedarnos ahí hasta que la enfermedad desaparezca por "voluntad propia", o nosotros con ella.
Es en este punto donde comienza la verdadera prueba; y si nos agarra solos, es muy probable que gane el enemigo.

Por eso es importante tener siempre un aliciente que nos proporcione la fuerza necesaria para no dejarnos vencer.


Cuando hemos hecho de todo y nada ha funcionado, es momento de abrir la válvula de escape: gritar, desesperarse, descansar, y llorar...llorar mucho; pero después, levantarse, lavarse la cara con agua fría y seguir adelante, por nosotros mismos y por nuestros seres queridos; pues ellos serán el mejor motor para superar los obstáculos; siempre y cuando, desde luego, se armen de valor, respeto, y sobre todo mucha paciencia y comprensión para apoyarnos en esos momentos. Y no olvidemos que cuando atravesamos por una situación desfavorable, siempre afectará también a nuestro entorno.

Es éste el momento de decidir si queremos salpicar a los demás debilidad, amargura y tristeza, o ayudarles y ayudarnos a salir victoriosos de otra batalla.
El ejército somos nosotros mismos, nuestras armas las llevamos dentro, en el espíritu, mente, alma y corazón, o las vamos consiguiendo a lo largo de los años, por el sendero que caminamos. El enemigo a vencer está frente a nosotros, sólo nos queda utilizar los recursos con los que contamos, y luchar...


No es para nada sencillo, y menos cuando el enemigo se vuelve cada vez más fuerte y voraz a costa de nuestra propia sangre. Pero definitivamente la lucha es mucho más violenta y extenuante cuando se convierte en una pelea con nosotros mismos, al vernos inmersos en el dilema de seguir adelante o dejarse vencer.

Aquí es cuando surge una pregunta...La enfermedad es cruel, pero, ¿será más cruel dejarnos abatir? Quizás lo que nos aniquile poco a poco no sea la enfermedad en sí, sino nosotros mismos.

Los padecimientos físicos son, como dije, uno de los enemigos más poderosos del ser humano, pero no hay enemigo más destructor, enérgico y persistente que un alma desgastada y un espíritu débil; así sean los de uno mismo.
A un rival de esta naturaleza, siempre es mejor mantenerlo alejado, y en el mejor de los casos, convertirlo en nuestro aliado, lo cual constituye, quizás, otra difícil batalla; pero, ¿de qué se conforma la vida sino de pequeñas y grandes guerras?

1 comentario:

zamer dijo...

la enfermedad
oportunidad singual de mostrar nuestro potencial...

y vencerla...
no solos...


concuerdo con tus pensamientos

saludos =)