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viernes, 4 de mayo de 2007

SUPER HEROÍNAS DE A DEVERAS

No es necesario que sea 10 de mayo para acordarme de ciertas cosas que han dejado una profunda huella en mí, y me han hecho valorar, admirar y respetar profundamente a mi madre.
Son dos los recuerdos que tengo y he tenido muy presentes a lo largo de mi vida. El primero de cuando tenía 3 o 4 años. Mi mamá enfermó y la tuvieron que operar; después de lo cual le sobrevino una peritonitis que estuvo a punto de arrebatárnosla de la forma más cruel. De lo que vivió y padeció entonces, sé lo que me ha contado. De lo que yo recuerdo es el día que me llevaron a verla al hospital. Ella en una silla de ruedas, sonriéndome con gesto cansado pero amable, sin embargo; su imagen era una muy distinta a la que tenía en mis recuerdos. Su rostro pálido y sus ojeras marcadas eran el símbolo de una dura y difícil batalla contra la muerte. Las cicatrices de las cirugías, la prueba más feaciente de las ganas inmensas de vivir, de ver a sus hijos crecer. La fortaleza mostrada por ella no la he visto jamás en ningún otro ser humano.
El segundo recuerdo es a la edad de 6 o 7 años. Tuve una infección a causa de un virus; estuve con mucha temperatura durante varios días; lo cual provocó que se me formaran llagas bastante dolorosas dentro y fuera de la boca, y hasta la garganta. Me acuerdo que tuvieron que ponerme numerosas inyecciones para que la infección fuera cediendo. Una de esas noches en que la enfermedad alcanzaba su punto máximo, intentaba en vano de conciliar el sueño, pero no lo lograba debido al dolor, y me sentía tan agotada que no podía ni siquiera desahogar mi pena llorando. Entonces mi madre me tomó entre sus brazos, meciéndome suavemente, me miró y de pronto, empezó a llorar. En la inocencia de aquellos años, yo no lograba comprender por qué lloraba ella, si quien tenía las llagas era yo, y al cuestionarle sobre el motivo de su llanto, tan solo alcanzó a decir "mira nada más cómo estás..." Fue entonces cuando comprendí que hay dolores que pueden lastimar mucho más que cualquier lesión física, y decidí poner todo de mi parte para curarme pronto, pues más me dolía ver a mi mamá sufriendo por mí.

No me considero una madre sacrificada, y mucho menos abnegada; pues siempre he pensado que el combinar el trabajo con lo que me gusta hacer me hace sentirme bien, y les puedo transmitir a mis hijos el hecho de que a menudo es más entusiasmante y gratificante recorrer el camino que alcanzar la meta en sí.
No tengo nada contra las madres que viven, respiran, oyen, sienten y ven a través de sus hijos, pero eso no siempre quiere decir que por ello sean mejores o peores. Hay mamás de todo tipo, sin embargo, me parece que todas (o al menos la mayoría) tenemos algo en común, y eso es el lazo poderoso e indestructible que nos une a los hijos. La comunión que hay con ellos es la causante de que seamos capaces de cambiar pañales, hacer comida, lavarles la ropa, y mil cosas más, con una sonrisa en el rostro y un gesto de cariño hacia ellos, aunque por dentro nos sintamos cansadas, adoloridas, enfermas o fastidiadas.

Hace relativamente poco tiempo, mi hijo se puso bastante mal. Tuvo altas temperaturas que no cedían con nada; y al estar sentada en la sala de espera de la clínica a donde lo llevé, lo tomé entre mis brazos, tal como mi madre lo hizo conmigo una vez, y mientras lo mecía suavemente, noté lo débil, lo frágil que se veía; y su carita con muy poco color, sus labios entre pálidos y violáceos hicieron que deseara infinitamente cambiar de lugar con él. Tuve que conterme demasiado para no llorar en ese momento, porque sabía que lo que él necesitaba era verme fuerte y con bastante entereza.
Eso es lo que hacen los hijos por nosotras. Nos hacen fuertes, decididas, responsables, trabajadoras y hasta ingeniosas; pues dudo que alguna de nosotras se rehusaría a convertirse en diseñadora de modas de la noche a la mañana tan sólo para confeccionarle a nuestro pequeño un traje de superhéroe; o podríamos recorrer la ciudad entera en busca de un juguete específico o la muñeca que tanto nos han pedido.

Los papás juegan un papel fundamental en la vida de todo niño; pero sin temor a equivocarme (y sin el afán de menospreciar la excelente labor de los padres), creo que la columna vertebral de una familia siempre es y será la mamá; pues el sexto sentido que poseemos para saber cuando uno de nuestros retoños está en problemas es único e inigualable. Tenemos la fortaleza necesaria (y hasta de sobra) para reaccionar ante situaciones difíciles con la mayor rapidez y precisión posibles, la inteligencia para hablar con nuestros hijos, aconsejarlos, y guiarlos por el mejor camino. Poseemos el poder de más de mil regaños juntos en tan sólo una mirada, con la cual somos capaces de controlarlos cuando es necesario. En un solo día nos convertimos en enfermeras, maestras, técnicas, carpinteras, choferes, psicólogas, contadoras y un sinfín de profesiones más, y sin necesidad de meternos en una cabina telefónica para cambiar de traje; de manera que ni superman puede igualar nuestros poderes.

No me alcanzaría la vida entera, ni la de mis hijos, ni la de mis nietos, para devolverle a mi madre aunque sea un poquito de lo mucho que me ha dado y que he aprendido de ella; pero por lo menos intento, día a día, aplicar los principios y la educación que recibí para tratar de ser mejor persona y mejor mamá.

Este 10 de mayo, sin duda, serán bienvenidos y agradecidos los detalles, las flores y las tarjetas de felicitación. Pero mi mejor regalo, definitivamente será el abrazo de mis pequeños; el "te quiero mucho" de mi hijo mayor y la incipiente palabra "ma-má" de mi hermosa bebé. Y cada vez que mi niño me dice con sus ojitos llenos de emoción y cariño "¡Eres super-mami!" para mí, es el día de las madres.

Felicidades especialmente a mi mamá y a todas aquellas "guerreras incansables", cuya mejor y más grande obra se encuentra en sus hogares.



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