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lunes, 28 de mayo de 2007

EL SABOR DE LA VICTORIA


Ya en alguna ocasión he aborado dos temas importantes, el de la depresión y el de la fuerza interior. Viéndolos por separado tal vez no tengan nada de excepcional; pero cuando se juntan, el resultado es bastante interesante.
Cuando una persona "común" pasa por alguna situación difícil, ya sea de salud, familiar, económica, laboral o personal, por lo general hace uso de su fuerza interior y su capacidad de raciocinio para salir avante de dichas situaciones. Esto le implica a un depresivo el doble o el triple de esfuerzo; pero lo que es peor es que ni él mismo se da cuenta del mérito que tiene el hecho de salir adelante en condiciones adversas.
¿Qué mérito tiene, si cualquier persona lo hace? pues es ése precisamente, cualquiera lo hace, pero un depresivo lo hace aún en contra de su voluntad o sus creencias; y no me refiero a creencias religiosas, sino al pensar y sentirse desvalorado, sin contar los síntomas físicos característicos de la depresión como lo son el cansancio, insomnio o exceso de sueño, palpitaciones, tristeza profunda, etc.
Lidiar con estos síntomas al mismo tiempo que se atraviesa por un momento crítico y/o decisivo no es cosa fácil; es mas bien como si se libraran dos batallas al mismo tiempo: una contra la depresión en sí y la otra contra las pruebas a la que nos somete el destino.
Cuando un depresivo logra salir victorioso de alguna circunstancia desfavorable, definitivamente no se va en limpio, siempre se lleva uno que otro raspón, alguna herida y el agotamiento que conlleva la lucha constante.
Se podría pensar que en un caso así la persona en cuestión tendría aún mayores motivos para estar triste, sin embargo, esto solo lo hará mucho más fuerte; puesto que una buena sacudida siempre es bienvenida cuando se trata de darse cuenta de lo fuertes y astutos que podemos ser aún enmedio de una enfermedad como la depresión.
La familia y los seres queridos siempre juegan un papel fundamental en la vida y el tratamiento de un depresivo, sin embargo es aún mas importante que el mismo paciente se dé cuenta y esté consciente de lo que es capaz de lograr y del esfuerzo que puede dar para alcanzar un objetivo.
Lo que no nos mata siempre nos hará mucho mas fuertes; de manera que si a un depresivo se le presenta una situación difícil que tiene que resolver, lejos de ser un motivo para entristecerse más, habría que tomarlo como un aliciente para probar la capacidad de pelea en este sentido; y cuando haya pasado el mal trago, quizás terriblemente agotado, y haciendo un esfuerzo por sonreír podrá sentarse en un sillón a saborear su triunfo, y a sentirse totalmente orgulloso de sí mismo, porque hizo lo que quizás cualquier persona haría, pero con un grado mayor de dificultad: la depresión a cuestas. Y esto, el librar varias batallas a la vez, sin desmoronarse, sin darse por vencido y en una sola pieza, es lo que no cualquiera hace.
El sentirse orgullosos de la fortaleza que se muestra, el conocerse a sí mismos, saber y darse cuenta de lo que se es capaz de hacer resulta mucho más curativo y estimulante que cualquier tratamiento médico o psicológico al que se esté sometido.
En cualquier parte se nos dice que durante períodos de infortunio el mayor esfuerzo lo hace uno mismo; pero lo que no nos dicen es que el sentirse orgulloso por el trabajo realizado es tan importante como el esfuerzo en sí. Y para cualquier persona, el saberse fuertes, capaces e inteligentes siempre nos pondrá en una marcada ventaja para cuando nos toque pelear la siguiente batalla.
Aprender a sentirnos orgullosos (mas no presuntuosos) de nosotros mismos, de nuestras capacidades, nos ayudará a que la próxima adversidad que se nos presente nos econtrará de pie, confiados en nuestra fuerza interior, y por lo tanto optimistas para pasar el mal momento.
No se trata solo de salir victoriosos, sino de aprender del proceso para llegar hasta ahí.
Tal vez si en lugar de solo "esfuérzate" se incluyera el "aprende de tu esfuerzo y siéntete orgulloso" sería un poco más facil sortear los obstáculos que a menudo se atraviesan en nuestro andar por la vida.



sábado, 12 de mayo de 2007

LA DEBILIDAD DEL MACHISMO

"Por cada 200 mujeres que se hacen la salpingoclasia, un solo hombre se practica la vasectomía", decía el artículo de un periódico mexicano.
¿Por qué esta diferencia tan marcada? Cultura, o incultura, más bien.

Desde el comienzo de las civilizaciones, y aún mas en Latinoamérica, se le ha cargado a la mujer el 100% de la responsabilidad de la concepción o de la "no concepción". Hasta hace algunos siglos, el no procrear era causa para que el hombre pudiera solicitar la separación legal de la mujer; y hasta para que la Iglesia anulara el matrimonio por falta de hijos.
Los hijos en aquel entonces, se concebían no tanto para establecer una familia o por la necesidad de volcar todo ese amor paternal en alguien más; sino que se les consideraba como los herederos del apellido, el linaje, las propiedades o de cualquier otra cosa que se pudiera heredar, siempre y cuando, por supuesto fueran varones.
Los hijos eran el símbolo de la "hombría" del padre, a mayor número de vástagos, mayor valor tendría el padre como "hombre".

Desafortunadamente gran parte de este pensamiento prevalece aún en nuestros días, al parecer es difícil para algunos entender que el que es hombre lo es desde que nace, al igual que la mujer. No se es mas o menos de un género por la cantidad de hijos, por engendrar o no hacerlo.
Actualmente, en muchos casos, quien se encarga de planificar la familia es la mujer, incluso he escuchado parejas que son tan "civilizadas" que cuando platican sobre el tema, el hombre dice orgulloso: "Yo ya le dije a mi esposa que solo dos hijos y despues se opere". Y la esposa feliz de tener a su lado un hombre tan "abierto y comprensivo".
El problema es que se habla de planificación pero jamás se toca el tema de cuál de los dos se va a encargar de evitar la concepción; es decir, nunca se discute si se opera el marido o lo hace la esposa, porque se da por entendido que la "responsable" de ello es la mujer.

Pese a los esfuerzos de concientización que se realizan en clínicas, hospitales y medios de comunicación, el machismo se sigue imponiendo y los hombres continúan convenciendo a las mujeres de que deben ser ellas quienes se practiquen la salpingoclasia como método definitivo.
Y es que al parecer la mayoría de los hombres son más ingenuos de lo que pudiéramos pensar; ya que se dejan llevar por mitos y leyendas escabrosas acerca de la vasectomía, creyendo fervientemente que de practicársela, su sexualidad no volverá a ser la misma, o que podrían aumentar 50 kilos de peso de la noche a la mañana, o incluso hay quienes piensan que si se operan se volverán "afeminados" y hasta la voz se les hará mas aguda. Estas ideas salidas de la nada, o de alguna mente ociosa y retorcida, por desgracia pesan mas que la información documentada respecto a la vasectomía y la falta de repercusiones negativas que ésta tiene en la actividad sexual.

Métodos como las inyecciones y las pastillas son los más comunes para la anticoncepción y se dejan totalmente a la mujer; sin importar que las pastillas puedan causarles alguno que otro trastorno hormonal o lo molestas que pueden llegar a ser las inyecciones, mientras que los hombres recurren solamente al preservativo como método frecuente y "seguro".
Me parece un tanto injusto que esta responsabilidad no sea compartida como lo puede ser el aseo de la casa o el cuidado de los hijos. Después de todo, el hombre participa "activamente" en la formación de los mismos, genética y moralmente hablando.

A las hijas se les prohibe terminantemente tener novio hasta los 18 años, y esto, solo si el noviazgo es de "manita sudada", como se dice comúnmente. A los hijos en cambio, a los 15 años se les da una caja de preservativos, una palmada en la espalda y se les dice cosas como "no sea tarugo mijo, cárguelos siempre con usté", mientras el padre, orgulloso piensa para sus adentros (y a veces también para sus afueras) "ora si, que cuiden a sus gallinitas porque mi gallo anda suelto".
Pensaremos, quizás, que este es un ejemplo llevado al extremo, que ya no pasa en nuestros días, pero créanme, pasa y más seguido de lo que pensamos, en los ambientes menos sospechados.

¿Qué sucedería si en una escuela secundaria o preparatoria un chico comentara a sus amigos que sus padres le prohibieron tener novia hasta que cumpliera 18 años? simple, las burlas serían constantes e interminables; y a los padres los catalogarían de enfermos mentales, por decir lo menos. En cambio, si una jovencita comenta con sus amigas el mismo caso, únicamente se limitarían a pensar que sus padres son muy estrictos o muy responsables.
La educación, la formación y los principios no suelen ser los mismos para hombres y mujeres, aunque esto sería lo ideal, motivo por el cual cuando estos niños y jóvenes se convierten en adultos y forman sus familias, les es difícil e incluso imposible pensar siquiera que la planificación sea una tarea también de ellos.

La responsabilidad de concebir o de no hacerlo corresponde tanto a hombres como a mujeres por igual, y me atrevería a decir que hasta es obligación de la pareja platicarlo para decidir a quién le toca practicarse el método anticonceptivo definitivo.
Y a los integrantes del llamado "sexo fuerte" (que bien pueden ser cualquiera de los dos géneros, pero en este caso me refiero al masculino) ojalá que un día se den cuenta de una vez por todas que para nosotras (al menos para gran parte de las féminas) es más fuerte aquel que se preocupa por nuestra salud, por el bienestar de la familia, y por ello es capaz de enfrentarse a los vestigios de una sociedad machista y retrógrada para fajarse los pantalones y hacerse la vasectomía, que el que se dice ser "muy macho" pero le tiene miedo al bisturí.
En el momento en que decidimos vivir en pareja, adoptamos también una serie de obligaciones y responsabilidades por igual; y entre ellas está la de tener los hijos que podamos cuidar y mantener como ellos se merecen.

viernes, 4 de mayo de 2007

SUPER HEROÍNAS DE A DEVERAS

No es necesario que sea 10 de mayo para acordarme de ciertas cosas que han dejado una profunda huella en mí, y me han hecho valorar, admirar y respetar profundamente a mi madre.
Son dos los recuerdos que tengo y he tenido muy presentes a lo largo de mi vida. El primero de cuando tenía 3 o 4 años. Mi mamá enfermó y la tuvieron que operar; después de lo cual le sobrevino una peritonitis que estuvo a punto de arrebatárnosla de la forma más cruel. De lo que vivió y padeció entonces, sé lo que me ha contado. De lo que yo recuerdo es el día que me llevaron a verla al hospital. Ella en una silla de ruedas, sonriéndome con gesto cansado pero amable, sin embargo; su imagen era una muy distinta a la que tenía en mis recuerdos. Su rostro pálido y sus ojeras marcadas eran el símbolo de una dura y difícil batalla contra la muerte. Las cicatrices de las cirugías, la prueba más feaciente de las ganas inmensas de vivir, de ver a sus hijos crecer. La fortaleza mostrada por ella no la he visto jamás en ningún otro ser humano.
El segundo recuerdo es a la edad de 6 o 7 años. Tuve una infección a causa de un virus; estuve con mucha temperatura durante varios días; lo cual provocó que se me formaran llagas bastante dolorosas dentro y fuera de la boca, y hasta la garganta. Me acuerdo que tuvieron que ponerme numerosas inyecciones para que la infección fuera cediendo. Una de esas noches en que la enfermedad alcanzaba su punto máximo, intentaba en vano de conciliar el sueño, pero no lo lograba debido al dolor, y me sentía tan agotada que no podía ni siquiera desahogar mi pena llorando. Entonces mi madre me tomó entre sus brazos, meciéndome suavemente, me miró y de pronto, empezó a llorar. En la inocencia de aquellos años, yo no lograba comprender por qué lloraba ella, si quien tenía las llagas era yo, y al cuestionarle sobre el motivo de su llanto, tan solo alcanzó a decir "mira nada más cómo estás..." Fue entonces cuando comprendí que hay dolores que pueden lastimar mucho más que cualquier lesión física, y decidí poner todo de mi parte para curarme pronto, pues más me dolía ver a mi mamá sufriendo por mí.

No me considero una madre sacrificada, y mucho menos abnegada; pues siempre he pensado que el combinar el trabajo con lo que me gusta hacer me hace sentirme bien, y les puedo transmitir a mis hijos el hecho de que a menudo es más entusiasmante y gratificante recorrer el camino que alcanzar la meta en sí.
No tengo nada contra las madres que viven, respiran, oyen, sienten y ven a través de sus hijos, pero eso no siempre quiere decir que por ello sean mejores o peores. Hay mamás de todo tipo, sin embargo, me parece que todas (o al menos la mayoría) tenemos algo en común, y eso es el lazo poderoso e indestructible que nos une a los hijos. La comunión que hay con ellos es la causante de que seamos capaces de cambiar pañales, hacer comida, lavarles la ropa, y mil cosas más, con una sonrisa en el rostro y un gesto de cariño hacia ellos, aunque por dentro nos sintamos cansadas, adoloridas, enfermas o fastidiadas.

Hace relativamente poco tiempo, mi hijo se puso bastante mal. Tuvo altas temperaturas que no cedían con nada; y al estar sentada en la sala de espera de la clínica a donde lo llevé, lo tomé entre mis brazos, tal como mi madre lo hizo conmigo una vez, y mientras lo mecía suavemente, noté lo débil, lo frágil que se veía; y su carita con muy poco color, sus labios entre pálidos y violáceos hicieron que deseara infinitamente cambiar de lugar con él. Tuve que conterme demasiado para no llorar en ese momento, porque sabía que lo que él necesitaba era verme fuerte y con bastante entereza.
Eso es lo que hacen los hijos por nosotras. Nos hacen fuertes, decididas, responsables, trabajadoras y hasta ingeniosas; pues dudo que alguna de nosotras se rehusaría a convertirse en diseñadora de modas de la noche a la mañana tan sólo para confeccionarle a nuestro pequeño un traje de superhéroe; o podríamos recorrer la ciudad entera en busca de un juguete específico o la muñeca que tanto nos han pedido.

Los papás juegan un papel fundamental en la vida de todo niño; pero sin temor a equivocarme (y sin el afán de menospreciar la excelente labor de los padres), creo que la columna vertebral de una familia siempre es y será la mamá; pues el sexto sentido que poseemos para saber cuando uno de nuestros retoños está en problemas es único e inigualable. Tenemos la fortaleza necesaria (y hasta de sobra) para reaccionar ante situaciones difíciles con la mayor rapidez y precisión posibles, la inteligencia para hablar con nuestros hijos, aconsejarlos, y guiarlos por el mejor camino. Poseemos el poder de más de mil regaños juntos en tan sólo una mirada, con la cual somos capaces de controlarlos cuando es necesario. En un solo día nos convertimos en enfermeras, maestras, técnicas, carpinteras, choferes, psicólogas, contadoras y un sinfín de profesiones más, y sin necesidad de meternos en una cabina telefónica para cambiar de traje; de manera que ni superman puede igualar nuestros poderes.

No me alcanzaría la vida entera, ni la de mis hijos, ni la de mis nietos, para devolverle a mi madre aunque sea un poquito de lo mucho que me ha dado y que he aprendido de ella; pero por lo menos intento, día a día, aplicar los principios y la educación que recibí para tratar de ser mejor persona y mejor mamá.

Este 10 de mayo, sin duda, serán bienvenidos y agradecidos los detalles, las flores y las tarjetas de felicitación. Pero mi mejor regalo, definitivamente será el abrazo de mis pequeños; el "te quiero mucho" de mi hijo mayor y la incipiente palabra "ma-má" de mi hermosa bebé. Y cada vez que mi niño me dice con sus ojitos llenos de emoción y cariño "¡Eres super-mami!" para mí, es el día de las madres.

Felicidades especialmente a mi mamá y a todas aquellas "guerreras incansables", cuya mejor y más grande obra se encuentra en sus hogares.